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José Antonio ‘Quique’ Gaitán: casi toda una vida al servicio de la comunidad

 Con 56 años, el año próximo cumplirá 40 de bombero voluntario. Durante la fiesta de los 75 años de la institución, se impuso su nombre al nuevo vehículo de aprovisionamiento.
Quique junto a la unidad que lleva su nombre.

BulletQuique junto a la unidad que lleva su nombre.

17.10.2019, 10:43:53 | Sociales

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 Era un típico adolescente con su barra de amigos, ocupado en seguir los partidos de River y andar en bicicleta. De un día para el otro se le ocurrió sumarse a una profesión que lo llena de orgullo: bombero voluntario.  Con 56 años, José Antonio “Quique” Gaitán, habla con naturalidad de su labor comunitaria, pero se guarda los asuntos más sensibles que le tocó afrontar: accidentes fatales, derrumbes y fenómenos meteorológicos que serpentean entre la vida y la muerte. “Creo que hay que estar un poco loco para ser bombero, pero lo que más rescato es la vocación de servicio”, dice.

¿Pero cómo surgió esa vocación tan intensa? “Resulta que pasaba por el centro cuando se inauguraba una parte de la iglesia de Cañuelas, era un acontecimiento importante en el cual desfilaron los bomberos. Yo tenía casi 17 años.  Miré el monumento a los bomberos y me anoté. Tuve que hacer un curso, de unos 6 a 8 meses, pero antes tuve que conseguir el permiso de mi padre porque era menor de edad. A pesar de su negativa, que le duró unos días y de unas lágrimas, conseguí el ingreso”.

Iniciada la década del ´80, el parque automotor era limitado, compuesto de cuatro unidades Ford, pero Quique se fascinó desde el primer día con la sirena, la adrenalina, la gente corriendo, el rigor. Hoy todo es vida, su realidad. Y lo será siempre.  Se ganó la vida como maestro panadero, clarquista en La Serenísima, colectivero y desde hace varios años como gomero, atendiendo  en su propio local de la Ruta 3 kilómetro 62,800.

Es ayudante y está a cargo de la Guardia 6, en la que  tiene cinco servidores a su cargo.  Con el tiempo se ganó el apodo de ‘renegado’, además del de ‘Quique’ y se considera muy habilidoso para el rescate vehicular.

Tiene dos hermanas, una en nuestra ciudad y otra en Entre Ríos.  Hijo de un portugués y de una entrerriano, nació el 19 de agosto de 1963  en Marcos Paz,  hizo la escuela  en la 10 ‘Martín de Güemes’, en un edificio de madera; para finalizar después la primaria en la 21,  en Santa Rosa. Posteriormente se instaló en Cañuelas.   Casado con María Claudia, tuvo a Nadia y Yamila, que le dieron una nieta Giovana, de tres años.

No sabemos si le temblaron las piernas el primer día que tuvo que calzarse botas, pantalón de grafa, saco de cuero y salir. “Un incendio de campo en el quincho de un Garavaglia fue mi primera salida.  Salimos con la unidad N°2. En ese momento teníamos muy pocos recursos.  El hospital por su parte tenía una ambulancia Dodge vieja que nunca llegaba. Entonces esperábamos a alguna camioneta que parara y cargábamos al herido.  Y cuando teníamos accidentes de autos teníamos que engancharlos y expandir entre ellos, con cadenas o eslingas, porque no teníamos las herramientas de ahora, como las tijeras de corte. Máximo Paz y la curva de Smata eran lo peor para los accidentes. Ir ahí era encontrarse con muertos y gente atrapada. Había que estar haciendo un montón de llamados a La Plata para que vinieran los peritos, que nunca llegaban y entonces se esperaba que un comisario de la caminera, de apellido Rivero, al que le decíamos ‘el  Cuervo’, viniera a sacar las fotos. Además para iluminar, usábamos un tacho de 20 litros, con gasoil y un bolsa para hacer una linterna”, destaca el experimentado servidor que en varias ocasiones tuvo la ingrata tarea de cubrir con una lona cuerpos sin vida después de un siniestro.

“Hoy contamos con elementos, un equipamiento que no existía, y con una comisión que trabaja y pelea todo.  Nunca hubo una comisión como la actual, sin desmerecer a las otras, pero el trabajo que hacen, lo que se hizo para el aniversario,  tenemos dormitorios, calefacción, agua,  comida, tres equipos de corte, dos unidades para accidente, nuevas unidades… Fuimos un cuartelazo, el mejor y llegamos a ser el peor de la Provincia. Luego del famoso conflicto de una anterior comisión nos tuvimos que arreglar con un Ford y un Dodge para el campo y con una camioneta con regador prestado de la Municipalidad andábamos de acá para allá”, recuerda el veterano que suele repetir a sus colegas: “remen, remen”, cuando le preguntan cómo sobrevivió a cuarenta años.

Según cuenta, en aquellos primeros años no había tanta desconfianza entre los servidores y las fuerzas de seguridad. Tampoco se vivían situaciones de falta de respeto a la autoridad, como se observa hoy cuando en algún barrio no falta quien quiera “manotear” algún elemento de las autobombas en pleno siniestro.

El año que viene pasará a retiro e integrará la reserva. Su intención era hacerlo este año, pero los integrantes de la Comisión Directiva le estiraron un poco más el tiempo a este bombero, que lleva su matrícula 040 y se ha convertido en el servidor con más años en servicio. Ha visto a varios compañeros integrar la reserva y a otros fallecer, aunque cabe destacar que ninguno en acto de servicio.  

Entre sus numerosas experiencias recuerda como las más extremas dos incendios en la planta de la desaparecida Serenísima y los cinco días consecutivos que les demandó apagar un silo en el Molino Cañuelas.  Y en el rubro de los accidentes recuerda un montón. “La 205 era muy angosta y en la curva para Casares y Máximo Paz eran frecuentes los accidentes frontales. Muchas veces venían fuerte y mordían las banquinas o tomaban mal la curva. Vi de todo con autos, camiones, colectivos, caídos del puente, carbonizados…”, pero él disfruta de su labor comunitaria, ya sabe que es un compromiso con la vida, con una sociedad y con él mismo. También sabe que parte de los logros es por el trabajo de un equipo, a pesar de las horas que todavía tiene que dejar a su familia, compromisos, feriados, fiestas y hasta cuando era un joven novio y debía dejar a su chica en plena salida.  

 

Gaitán junto a su esposa en la fiesta de los Bomberos.

Cada vez que se acuesta en el cuartel, en cualquier momento surge la adrenalina, mezclada con la curiosidad y hasta cierta alegría de tener que salir cuando suena la alarma.  Sale y en pleno camino diseña el plan de trabajo y los roles que tendrá cada servidor.

“Hace unos meses trabajé en un accidente y una de las víctimas una niña, la médica la sacó de un paro cardíaco pero finalmente se murió delante de nosotros. Yo no lo cuento después. Queda para mí. Tal vez si me preguntan cuento algo. Y algo muy recordado fue hace unos años en la YPF de la 205, entre un micro  218 que impactó el auto y mató a sus cuatro ocupantes. Había atrás una nena con su perrito abrazado. Y recuerdo siempre lo que me decía un compañero que ya no tengo: ‘Cuando llegás al cuartel eso ya terminó, queda a un costado’. Yo trabajo, no me largo a llorar, no me tildo”, cuenta a EL CIUDADANO, y asegura que no tiene miedo.  Y aclara que si hay necesidad de llorar, “nos juntamos entre los bomberos después en el cuartel y lo hablamos todo. No criticamos al que no resiste ese momento o no puede ver un óbito o una criatura”.    

“Y cuando alguna me preguntan para entrar al cuartel, les digo de frente que no es una joda. Hay que tener un trabajo aparte, capacitarte, hacer guardias internas, aceptar órdenes, reglamento, desfile, prácticas y si te ocurre que tenés una mujer después, es muy probable que te separes.  No hay horarios, no hay fin de semana”.  

Hace unos días Quique tuvo el honor de ser homenajeado por la comisión y el cuerpo activo, que decidieron ponerle su nombre a la nueva unidad de abastecimiento. Es la primera vez que se rinde un homenaje tan lindo a un bombero en vida.

Entre los jefes y compañeros que lo marcaron en su carrera, recuerda especialmente a los jefes Bonavita, Omar Gutiérrez, Juan Carlos Mazzocchi, Juan Montenegro y su compañero Javier Luna.

Pasaron casi 40 años y su vocación de servicio sigue intacta.
 

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