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Cañuelas, 23 de octubre de 2019    N° de Edición On Line: 3078

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Una visita al casco de la estancia San Martín, monumento histórico que busca recuperar su antiguo esplendor

 El arquitecto Carlos Moreno y el restaurador Sergio Medrano encabezaron una recorrida con alumnos de la Escuela Técnica. Arquitectura y un nuevo modo de producción impulsado por Vicente Casares y La Martona.
Moreno, Medrano y Salé junto a estudiantes de la Técnica.

BulletMoreno, Medrano y Salé junto a estudiantes de la Técnica.

03.10.2019, 09:13:57 | Sociales

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 No hay gente . No hay ruido. Desde el cierre de La Martona, hace ya más de cuatro décadas, la estancia San Martín es un silencioso testimonio del pasado. Durante algunas horas los alumnos de la Escuela Técnica se sumergieron en ese universo del pasado con sus apuntes y las cámaras de sus teléfonos celulares.

Durante la mañana del viernes 20 de septiembre EL CIUDADANO acompañó a un grupo de profesores y alumnos del 5° y 6° año de Construcciones del colegio especializado, quienes realizaron una visita guiada para entender el funcionamiento de ese emprendimiento del siglo XIX que se convirtió en un hito del país y del mundo. Sus observaciones se sumarán a un proyecto de investigación sobre tecnologías que vienen desarrollando en la escuela, además de otro sobre estilos arquitectónicos imperantes en las construcciones de Cañuelas.

La provincia de Buenos Aires cuenta con un gran número de construcciones que integran el patrimonio rural, edificios equivalentes a palacios y castillos heredados de la ganadería feudal. De ese esquema constructivo deriva la estancia de los Casares, con su casco señorial, galpones, montes, aguadas, alambrada, lugares para producción y hasta instalaciones para sus peones.

“Hay que buscar equilibrios y que la memoria sea de todos, que no sea una bajada de línea, que todos estemos incluidos ahí. Recuerden que el patrimonio es de todos. Durante años tuvimos, por un lado, la cultura de la revista Billiken, que nos decía lo que era el patrimonio; y por otro el Estado, con lo que nos enseñaban desde escuelas, lo que debe ser y no lo que fue”, afirma el hombre mayor, rodeado de adolescentes con mochilas, teléfonos móviles y algunos equipos de mate.

De una bolsa de papel madera saca láminas, bocetos, hojas, libros. Y luego dibuja. Después empezará a regalar algunas de las cosas que traía. El hombre es Carlos Moreno, arquitecto, investigador y docente, que durante años se  interesó en el trabajo, la vida urbana y rural americana. En la década del 70, junto al fallecido historiador Lucio García Ledesma, fue el primero en recorrer esos campos de Cañuelas en busca de los testimonios productivos que fueron configurando al partido de Cañuelas.

En el entorno se ven rejas imponentes, un camino que conecta y árboles de todo tipo. Y cuando uno se detiene a observar lo que queda, es inevitable notar el abandono, estructuras que ya no están, hierros oxidados sumidos en la quietud, además de cosas que desaparecieron y que tal vez adornen algunos parques de casas quintas.  

Moreno, sin resignarse en su relato, conoce como pocos la historia de estas tierras, del hombre, del trabajo y el patrimonio. Varias de esos temas se pueden rastrear en sus publicaciones como historiador y arquitecto, además de docente. 
 
El punto de partida de la visita fue en la capilla Nuestra Señora del Rosario, levantada en 1902, sobre el camino del Rosario, de estilo neogótico. Por afuera está perfectamente mantenida. El canto de pájaros y los mugidos de alguna vaca acompañan el tour por la larga calle de tierra.

Moreno, ya jubilado, y con 80 años de edad, hablará de los galpones y los montes como un todo. Además se referirá al trabajo, la tierra, la pampa, transformada por el ingenio y el trabajo.  También va a mencionar a Belgrano, como propulsor de la agricultura. 

Otro tema que escucharán los chicos es la valoración del patrimonio: “Tener en cuenta una visión del país, que valorice el trabajo. Poner en valor esa memoria, integrar la evolución, la memoria de cada zona, lo que fue. Y a partir del ingenio y del trabajo del hombre se transformó la tierra, se culturizó la naturaleza en busca de una mejor calidad de vida. Se debe hablar de una historia del campo, pero sin quedarse solo con los cascos, ver las estancias como lugar de producción como es el caso de San Martín, cuyos galpones costaban más que una casa; y de reconocer del campo su memoria del trabajo”.

Dueña de un pasado de lujo y sofisticación, la estancia San Martín, padece una decadencia progresiva. Allí se recibió a once presidentes, entre extranjeros y nacionales.  Pero además se fundó la primera empresa láctea argentina, La Martona, que funcionó desde principios del siglo XIX hasta casi 1980.

Muerta por una quiebra comercial, sus tierras se fueron vendiendo. Y desde hace décadas se habla de proyectos, de conservación, de rescate, como pregona Moreno con su acompañante Sergio Medrano, un licenciado en Conservación de Arte. Las últimas noticias hablan de la intención de crear un museo que evoque la memoria de la industria de la leche. Entienden que se podría mostrar la producción e historia lechera.

 
 
OPULENCIA Y AVANZADA

El otro punto de la visita serán los portones ceremoniales de la estancia San Martín que se abrían para eventos sociales.  Es el ingreso al abandono. Casi una vergüenza. Sus pesadas hojas metálicas fabricadas en Bélgica se encuentran atadas con alambre, una metáfora de la Argentina misma. Habían formado parte del enrejado del parque Tres de Febrero, en la actualidad los bosques de Palermo, y se colocaron en 1900. Se conectaba con el parque de 200 hectáreas

El ‘galpón 8’ construido alrededor de 1885, que costó mucho más que la casa de los patrones, con su estilo renacentista francés, se destaca a lo lejos. Allí había padrillos de mucho valor, con caballos de tiro de la raza Morgan: Ese espacio se dedicaba exclusivamente a la cría de caballos.

Lo custodian dos silos de forma cilíndrica, con ventanas, que se levantaron por la necesidad de tener forraje durante todo el año. Se llenaban desde arriba, y se los apisonaba desde adentro para que no generaran masa de oxígeno. Estas estructuras con el logotipo de La Martona son característicos de toda la región de Cañuelas.

En esta estancia que fue industrial, que transformaba las cosas y que alojaba además a su personal entre peones, mayordomos y capataces, había un control sobre todas las etapas de la producción. En todo el año podían hacer leche  gracias al forraje que guardaban en silos. 

Con más de cien obreros que trabajaban en sus instalaciones, La Martona logró una inmensa cadena de producción y distribución masiva a través de sus cuarenta lecherías en la ciudad de Buenos Aires, caracterizadas por la higiene y el cuidado de las normas sanitarias. El vaso de leche fresca con vainillas era un clásico de las lecherías porteñas de principios del siglo pasado.

Con la salida de La Martona del mercado, todo se fue perdiendo, desde sus botellas, moldes, maquinarias, tachos y otros envases, hasta las construcciones de la fábrica. “El ingenio, la historia, la cultura del trabajo que hubo en Cañuelas, no se la reconoce como tal, no la vemos”, reflexiona Moreno.

E1887 llega el ferrocarril a Cañuelas y este avance fue fundamental para el avance de la industria lechera. El tren redujo a una hora el traslado a Buenos Aires cuando antes demandaba dos días a carro.  A partir de 1899 todo se transformó.

Para fines del siglo XIX  el inmenso parque de la estancia fue poblado con unas ochenta especies, de las cuales sólo un puñado era autóctono. Sus habitantes siempre vieron la arboleda en crecimiento y transformación. Pensaban en el futuro y su continuidad. Los árboles que plantaban eran para las generaciones futuras. “Era una manera de tener el mundo en un parque; lo mismo sucedía en el comedor, que se montaba con objetos exóticos” explica el arquitecto.

Durante un viaje a París, en 1889,  Vicente Casares compró una maquina llamada Alfa Laval, que era una desnatadora centrifuga, que separa la nata del suero, de forma racional. El emprendedor la monta en el mismo casco de la estancia. Todavía queda una torre de agua. Y así surgió la primera fábrica moderna, siendo Cañuelas la cuna de la industria lechera. De esa fábrica salieron productores innovadores como la leche maternizada, el dulce de leche, el yogur, la leche pasteurizada, la manteca pasteurizada, cremas y hasta miel.

Con el desarrollo de la fábrica de La Martona se la reubicó sobre la línea del ferrocarril y en su entorno se organizó la estación Vicente Casares.  

Para octubre de 1900 se produjo la visita del presidente del Brasil Campos Salles junto al presidente Roca. Visitar La Martona era una forma de mostrar que el país había alcanzado el progresismo.

En 1912 llegó el presidente Roque Sáenz Peña, en 1935 el mandatario brasileño Getulio Vargas, con su par argentino Agustín P. Justo. También llegaría Charles de Gaulle, para la primavera de 1964.

 
EL CASCO


El grupo de ‘turistas’ adolescentes siguió hasta el chalet y tuvo la oportunidad de ingresar, traspasando el portón del siglo XVIII traído de Córdoba. Una breve visita a la planta baja dejó a todos boquiabiertos.  A pesar de no contar con electricidad en la casona, se pudo reconocer algunas arañas de cristal veneciano, otra araña de estilo del siglo XIX para velas, chimeneas de mármol, sillas victorianas, una cama con capitel y columnas de maderas talladas.

La falta de pintura, la presencia de alguna pérdida de agua en un patio interior y los techos que se cayeron no empañan el aire señorial del edificio. Y todavía, vigilantes, están dos leones de estilo que custodian la escalinata de acceso al caserón.

El tour siguió, siempre de a pie, hasta al Club de campo La Martona, donde nos recibió su presidente Gabriel Dias, con  la presidenta de la comisión de Cultura, Liliana Cubeles; el gerente de Recursos Humanos, Aníbal Rhee y el gerente de Mantenimiento y Servicios, Sergio López en el sector denominado La Casona. El actual club house del country era parte del viejo casco de la estancia, el que fue reciclado por el impulso y dirección del arquitecto Moreno, que respetó sus líneas. Hoy se utiliza para actividades sociales y culturales, además de sede de una biblioteca.

 

La marca insignia de Vicente Casares alcanzó tanta magnitud que los viajeros de la época no dudaban en afirmar que las tres grandes fábricas mundiales de productos lácteos se ubicaban en Berlín, Chicago y Cañuelas.  Así todo, La Martona no pudo superar la progresiva decadencia, no supo aggionarse a los nuevos consumos y tecnologías, hasta quebrar y dejar un vacío a la vez que una huella imborrable en la memoria de los argentinos.
 

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