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El cierre de ´Diego´: Se termina una vida entre suelas y zapatos

 Luego de más de cuatro décadas de trabajo Raúl Michel se retira del oficio de zapatero remendero. Cree que enseñar un oficio es esencial para el progreso de los jóvenes.
Michel pasó gran parte de su vida en su pequeño taller de compostura.

BulletMichel pasó gran parte de su vida en su pequeño taller de compostura.

13.05.2019, 08:45:38 | Sociales

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 Cuenta que un militar polaco le enseñó el oficio y lo primero que tuvo en sus manos fue una afilada trincheta para cortar el cuero. Con paciencia y siguiendo las instrucciones, se convirtió en un artesano. Era un adolescente que todavía no conocía el mundo del trabajo. Tenía las incertidumbres propias de su edad, acentuadas por la pérdida de sus padres a los 15 años. 

Raúl Michel es el alma del taller de compostura de calzado ‘Diego’, ubicado en Rivadavia entre Acuña y Basavilbaso. De sus 65 años, 43 los pasó trabajando. Hoy afirma, con dolor, que es un oficio en extinción. Su deseo es enseñarle a alguien y dejarlo al frente del comercio, pero parece que no hay aspirantes.
 
“Es un oficio que ha tenido altas y bajas. No paré nunca desde chico y hubo ocasiones en las que tuve que cerrar y trabajar con un patrón. La época de Alfonsín fue terrible por los aumentos, la plata no rendía, así que me fui a trabajar a una granja de pollos, por lo que hacía de sereno y zapatero”, cuenta el zapatero.
“Es un oficio hermoso, que algunos no valoran. Tiene sus cosas buenas y malas, pero ser un tallerista me sirvió para tener trabajo en todas las épocas y una clientela muy importante”.
 
A pesar de las características del calzado, que fue bajando en calidad con los años; que las suelas de antes eran de suela y las de hoy son de goma o sintéticas, afirma que no se fija en eso. “No miro, no tengo preferencia por calidades, no juzgo a las personas por el zapato que me traen. Hay calzados buenos y durables y están los que duran una temporada. Cuando vienen rotos al poco tiempo de haber sido comprados le sugiero a la gente que le reclame al fabricante o al vendedor”.
 
Su rutina es intensa: llega a eso de las dos de la madrugada al local y se sienta en una banqueta con un asiento de goma espuma doblada. Los feriados y domingo también va al negocio. Confiesa que hasta concurrió a trabajar el último Día del Padre, “pero sólo por algunas horas”, aclara.
 
Casi le resta importancia a la carga horaria. Trabaja de 2 a 12 y luego de 15 a 19. “Me voy a mí casa, como, me baño y al sobre”, relata y aclara que su único “permitido” es una siesta los sábados. Su prioridad es ver cómo adelanta trabaja, cumplir con los plazos de entrega y lograr que esos calzados rotos vuelvan a caminar.
 
Sus hijos Marina y Diego, que le dieron tres nietos, más otro en camino, le dijeron: “Viejo, basta, aflojá”. “¿Pero cómo aflojo si viene el cliente? Vienen a mí porque necesitan un arreglo. Vivo por el cliente que me dio todo: el trabajo, la casa, mis hijos, mis vacaciones” es su respuesta. 
 
Así como el calzado se transformó piensa que también hubo cambios en la gente, en su nivel de responsabilidad, en su compromiso. A pesar del empeño que pone para entregar el trabajo a tiempo, muchas veces el cliente no vuelve y los zapatos o carteras terminan amontonados en la estantería para luego ser donados en Cañuelas, en Capital, al Norte… “Es un tiempo que no se recupera”.
 
También reconoce que la gente vive al día, complicada por los vaivenes de la economía. “Yo también me ahogo y entonces decidí dejar esto para jubilarme y disfrutar, ya que siempre prioricé el negocio antes que mi familia. Nunca me lo reprocharon pero siempre estuve obligado al cliente”, dice el zapatero que suele tener las manos llenas de pegamento y manchas de cera.
 
“He tenido algunos socios, pero no tuve suerte”, reconoce, y confiesa con una sonrisa que “mi socia, amiga, mi compañera y mujer es Marina Cot, quien ha sido fundamental para organizarme y sacar todo adelante. Maneja el mostrador y los papeles con las cuentas”.
 
Ubicado a unos metros del Club Estudiantes, el comerciante lleva unas dos décadas en ese pequeño local. Nació en las islas Ibicuy, en Gualeguaychú, Entre Ríos, donde aún tiene familiares. De allí también proviene quien sería su esposa y a quien conoció en Cañuelas. Ambos se instalaron en estos pagos en la década del ´70. Durante algunos años fue presidente e integrante de la Cámara Comercial e Industrial de Cañuelas. Tiene un hermano mayor que comparte su misma actividad en el local de Independencia y Del Carmen.
 
Aparenta un desorden típico de un lugar de trabajo: mostrador, cajas, bolsas y el piso con recortes de cueros, cordones, lonas y telas, moldes de zapatos, calzados a medio hacer, otros listos para ser entregados al dueño. Señala una máquina que usa para costuras y cuenta que la usa sólo de manera manual, pedaleando.


 
“Hace tiempo que quiero dejar. Ya puse el cartel en diciembre con la intención de enseñarle a alguien para que aprenda el oficio. Y resulta que una sola persona se interesó por aprender. Era un hombre mayor que había trabajado en la gastronomía y quería comprarme el negocio. Mostró entusiasmo. Me pagó la mitad para aprender, pero estuvo sólo cuatro días. Vio que el negocio tiene mucha clientela. Arrancó bien y el último día ya vino tarde, entonces me reconoció que solo no iba a poder hacer todo; tampoco levantarse tan temprano. Una vez que me aclaró todo, le devolví el dinero. Algunos me cuestionaron mi actitud”. 
 
Cuando cierre definitivamente se mudará con su mujer a un paraje de Córdoba, donde ya tienen una vivienda. Es probable que sigan trabajando, pero como artesanos del cuero y plantando árboles frutales.
Raúl cree que enseñar un oficio es parte de su trabajo. “Hay mucha gente joven que anda por acá cerca por la presencia de un centro cultural, pero nadie vino nunca a preguntarme algo”, lamenta.
 
El zapatero saluda y sonríe. Parece conocerlos a todos. Su entusiasmo por el trabajo se diluye cuando comprueba que no hay interesados en su oficio y hasta se le pianta un lagrimón.
 

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