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Nació su séptimo hijo varón y vive en una situación dramática

 Natalia Ramallo se quedó sin trabajo y teme que desalojen a su familia. El 7 de febrero fue mamá por séptima vez y uno de sus hijos sufre cáncer. Algunos hermanitos dejaron la escuela y claman por ayuda.
Natalia en la vivienda que deberá dejar pronto.

BulletNatalia en la vivienda que deberá dejar pronto.

20.02.2019, 16:54:31 | Sociales

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 Natalia Ramallo no sabe qué pasará cuando termine febrero ni dónde seguirá viviendo con alguno de sus siete hijos varones. Por falta de pago deberá dejar la casa de un dormitorio que alquila.  Empuja el cochecito del recién nacido Yaho,  de más  de cuatro kilos, en cercanías de un camino semi inundado. Algún caño roto provoca charcos en el ingreso. Más adelante una canilla no para de perder agua. Kevin, de trece años, la ajusta pero gira loca y sigue el chorro. La cara redonda y blanca de Natalia, madre de ese adolescente con visera y arito plateado, se ilumina con el sol de la tarde y ella menciona a Dios en varios momentos de la charla con EL CIUDADANO.  Pero ¿dónde está Dios?

Natalia fue mamá por séptima vez el jueves 7, de un séptimo hijo varón.  Poco le interesa escuchar la tradición de que el chico podrá ser apadrinado por el Presidente. Yaho se encuentra bien abrigado en estos días atípico de un verano que relegó sus altas temperaturas. Se mantiene parada por las cicatrices que le dejó el parto por cesárea durante la entrevista y Kevin arma un banco con una pieza larga de madera y un fierro para este cronista. No hay sillas en la casa.  
 
Desde junio del año pasado viven en Sarmiento 2170.  Adentro todo está pintado de un amarillo bien fuerte. Se asoman pocas cosas y un ruido intermitente.
 
Con 4,350 kilogramos  Yaho nació en el hospital Marzetti por una cesárea y ligadura. Su nombre surgió de un personaje de una serie que seguía su madre, el que además tiene una enfermedad igual que el mal de Ramiro, de 16 años. Está bajo tratamiento de un cáncer óseo sarcoma en la rodilla derecha. Por estos días lo pasa en la casa de su abuela. A los cinco meses se enteró de la enfermedad maligna del chico. “Ahí se desató el desastre en mi vida. Venía de abajo, remando, me vine a esta casa con el colchón en el piso y una cocina. De a poco me compré algunas cosas y hasta que en octubre Ramiro empezó con un dolor en la rodilla.  Se lo empezó a estudiar y surgió el diagnóstico por especialistas del hospital pediátrico ‘Pedro Elizalde’. 
 
En ese ínterin se quedó sin el trabajo en una heladería y café de Basavilbaso y Libertad. “Estuve un año haciendo de todo en ese lugar y por las internaciones que empezó a tener mi hijo y tener que faltar, no me sostuvieron más en el trabajo”, dice Natalia, quien espera resultados de gestiones en Política Social de la Municipalidad para su situación familiar.
 
“La dueña de la casa me mensajeó que tengo un mes para dejar la casa y puse al tanto a la Municipalidad. Me daban dos mil pesos por semana para ayudar a Ramiro, que estuvo  con tres bacterias después de una mes de internación. Así le pudieron retirar un catéter para la quimioterapia y lo volvieron a operar el lunes para colocarle el catéter. Y la semana que viene se interna otra vez para colocarle una prótesis porque el tumor le comió la rodilla”.  
 
La madre de Yaho aclara además que espera unos fondos para seguir bajo un techo mientras le da teta al recién nacido y opera a uno de sus hijos más grandes.  “No puedo ir a la calle con todos los chicos”, advierte.   
 
Ramiro todavía puede mantenerse en pie y hacer algunos pasos. Se moviliza en muletas o sillas de ruedas.  Si la operación programada para mediados del mes que viene, la supera y efectúa tres quimioterapias, se evita la amputación de la pierna.
 
Además tiene un chico de 14, otro de 19 que ya dejó la casa y dos mellizos, de 8 años, que se encuentran con su padre.  Los chicos son hijos de tres padres.
 
SIN COMIDA, SIN REMEDIOS
 
La casa es una construcción básica con dos ventanas enrejadas, las que no están cubiertas y dejan pasar una luz cálida a esa hora de la tarde. Natalia se mueve con rapidez y deja afuera el cochecito con el bebé. La cocina se siente grande con apenas una mesa arrinconada, una heladera, el mueble bajo mesada y una alacena básica, además de la cocina conectada a una garrafa.  En el medio está el baño, sin ventana, con algunos faltantes en la construcción. Al lado, el dormitorio, dominado por una cama matrimonial y una cama cucheta. Contra una pared, unas tablas para apilar la ropa y un televisor color de tubo en el piso que ya se quemó para siempre. Acostado en diagonal está el hijo de 14 años.  Despide un ruidito de su boca y mueve un cuerpo robusto. Tiene asma y pendiente un tratamiento con nutricionista y neumólogo. No cuenta con medicación. Dejó la escuela y a veces, a pesar de la negativa de su madre, sale a pedir a los clientes de un autoservicio del centro o cuidar las bicicletas.
 
 La puerta de ingreso a la casa perdió el picaporte y cerradura de uno de los robos que sufrieron. Horas previas de la Nochebuena fue sorprendida por un menor mientras descansaba e intentaba llevarse una garrafa  y ropita del bebé por nacer. Logró huir con un teléfono celular y dos mil pesos.   
 
No hay más muebles y mercadería. Una bolsa con unos panes y papas son los alimentos que registró este medio. Kevin se hizo un té y come un pedazo de pan, desde el mediodía que tuvo papas fritas no hubo otra cosa para el estómago.  “No…no…no hay”, responde cuando se le pregunta por la cena, y agrega que “el chico de enfrente que tiene un almacén, cuando le sobra pan le da a los nenes para que lo traigan”.
“Tengo fe en Dios y en algún momento pasará la tormenta”, afirma algo incómoda.
 
La mercadería que recibe de la Comuna consiste en polvo para hornear, harina de arroz, yerba, azúcar, lentejas y arvejas.
 
El año pasado la madre de Yaho logró tener el título secundario. Había dejado a Ramiro internado en la Ciudad de Buenos Aires y pudo llegar al acto de egreso.  Percibe algo más de siete mil pesos de Asignación por cinco hijos. Sobre la educación de los nenes sólo los más chicos van a la escuela. Los adolescentes dejaron de ir a clases y uno de los mellizos tuvo un serio episodio escolar.
 
Su mirada se cubre, de pronto, de desolación. “Mi vida es un caos. Me echaron del trabajo, la enfermedad del nene. Pero debo seguir adelante y luchar”. Es difícil saber, entonces, si lo que refleja su rostro es indignación, esperanza o dolor.
 
“Me la pasaba llorando y hasta que Ramiro, que sabe todo de su enfermedad, me da las fuerzas y me dice que todo esto es una prueba de Dios, que estamos para pelearla juntos. Pero con la última internación estuvo llorando porque no quiere volver a internarse”.
 
Entre un mantita, guardado, Yaho se empieza a mover, desde que empezó la nota, no había hecho alguna expresión con su carita.  “Mi familia se enoja un poco conmigo porque me dicen que dejo pasar el tren. A mí no me parece importante que a mi hijo le entreguen una medalla y diploma y que el día de mañana le den una beca para la escuela. Necesito una ayuda ahora. Y si el Presidente tiene que ser el padrino no me interesa, la Argentina se está muriendo de hambre, ¿por qué me tiene que dar algo a mí?”, se pregunta sosteniendo fuerte el barral del cochecito de Yaho.
 

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