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Cañuelas, 23 de octubre de 2017    N° de Edición On Line: 2348

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El adiós a un querido vecino de Cañuelas

 Tito Ferro  murió a los 84 años.
Tito y su esposa Martha.

BulletTito y su esposa Martha.

22.09.2017, 02:55:26 | Sociales

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El pasado jueves 7 de septiembre a los 84 años en una clínica de la ciudad de Buenos Aires como consecuencia de una insuficiencia renal falleció “Tito” Ferro, un apreciado vecino de Cañuelas, fundador de la recordada fábrica de casillas rodantes “Amancay”.

Había nacido en Bahía Blanca el 27 de abril de 1933, se crió en Turdera y luego regresó a Cañuelas, de donde eran oriundos sus padres.
 
Casado con Martha Esther Mazzola el 5 de septiembre de 1959, tuvieron cuatro hijos (María Marta, los mellizos Verónica y Juan, y José), nueve nietos y una bisnieta.
 
En la década del ´60 fundó la más famosa fábrica de casillas rodantes de Argentina: Amancay, caracterizadas por su construcción artesanal y de calidad. Funcionó hasta los años ´80, y en ella trabajaron decenas de cañuelenses, entre ellos Miguel Angel Cherutti.  Una calle del Parque Industrial Cañuelas lleva su nombre en honor a esa pyme que hizo trascender el nombre de Cañuelas en todo el país.
 
Integrante de una familia de profunda fe católica, en sus últimos años Tito y su esposa formaron parte de los denominados “Hogares de Belén”. Son familias integradas al Movimiento Familiar Cristiano que prestan un inestimable servicio: reciben a los bebés y niños que se encuentran a disposición de la Justicia hasta que ésta decida entregarlos en adopción o restituirlos a sus familias biológicas.
 
El primer bebé llegó a su casa el 1de agosto del 2001 por medio de Sergio Aro, que lo conocía por haber trabajado en su fábrica, y fue retirado por la Justicia el 6 de septiembre del 2002. El segundo llegó el 19 de marzo del 2003 y se fue a los pocos días, el 28 del mismo mes. Ese mismo día llegó el tercer bebé que se fue el 7 de noviembre de 2003. El último llegó el 12 de mayo del 2004 y se fue el 2 de noviembre del 2005.  Si bien era una alegría recibirlos en su casa y criarlos como si fueran sus propios hijos, cada desprendimiento les dejaba un agujero en el corazón y era una tarea que sólo podían afrontar con ayuda de Dios y por amor a El. Cuando cerraron ese capítulo de servicio como hogar de tránsito les quedó la satisfacción de saber que esos niños continuaron sus vidas junto a sus papás.
 

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