El padre Juan Carlos Flores asumió en la parroquia de Uribelarrea
Es escritor y viene de Sudán, donde fue baleado por mercenarios. Asegura que la profunda vivencia humana que conoció en Africa le servirá para cultivar la espiritualidad de Uribelarrea, un pueblo cuyos fieles no van a misa.
Flores reemplaza al padre Orlando Coquibus.
30.08.2011, 01:31:58 | Localidades
Juan Carlos Flores sabe de muertes y de balas. En su rica vida pastoral convivió con los extremos, desde la abundancia de Nueva York hasta la miseria de Sudán.
Nació hace 42 años en el paraje de Media Agua, provincia de San Juan.
Su padre falleció cuando Juan Carlos tenía 14 años. Sus hermanos lo incentivaron luego a estudiar en Mendoza donde, fruto de la casualidad (un compañero lo invitó a un retiro espiritual) conoció su vocación. Aunque Juan Carlos prefiere hablar de predestinación y no de descubrimiento.
“Hasta ese momento nunca había pisado una iglesia. No conocía la diferencia entre un cura y el papa. Yo no descubrí nada. Dios hizo todo y me fue guiando”, relata desde la austera casa parroquial de Uribelarrea, donde vive desde el pasado fin de semana.
Al terminar el secundario entró al seminario de la Congregación del Verbo Encarnado. Se ordenó en 1996 e inmediatamente fue enviado como sacerdote a San Pablo, Brasil.
Su vida cambió vertiginosamente. Cuenta que de vivir en la ruralidad, rodeado de cabras, de pronto se vio en un avión y sumergido en una metrópolis. Desde Brasil partió a Nueva York y luego a California. Allí aprendió inglés como escala previa al destino que lo marcó para toda la vida: el sur de Sudán.
En 1997 llegó a la comarca de Boma, una zona abandonada por la civilización y cruzada por guerras tribales y políticas entre el norte islámico y el sur animista. La última presencia religiosa había sido la de los anglicanos.
“Es impagable lo que Africa me ha dado para el crecimiento humano. Cuando llegué tenía que comer de espaldas porque detrás tenía personas que se morían de hambre y no se podía hacer nada por ellos. Todos los días tenía que enterrar algún cadáver descompuesto, abandonado como un animal, o hablar con mujeres durante horas para relajarlas y ayudarlas en el parto”.
Flores reconoce que su misión pastoral no rindió frutos significativos. “La prioridad era darle comida a la gente. Materialmente logramos muchas cosas, como construir un puente, levantar una escuela y una clínica, gracias al aporte de Caritas Switzerland, el centro Pedro Claver y el Catholic Relief Service, una institución humanitaria que conforman los obispos norteamericanos”.
Tras ocho años de asistencia en Boma, la misión africana fue suspendida a raíz de un incidente que casi costó la vida del joven sacerdote sanjuanino.
Flores relata que una noche fue atacado a tiros por mercenarios islámicos que no estaban de acuerdo con la presencia de los católicos en la región.
Logró salvarse por milagro, aunque fue herido en una pierna. Su camino pastoral continuó brevemente en Kenia y luego en la Universidad Angelicum de Roma, donde se especializó en espiritualidad.
Flores se muestra a favor de una mayor apertura de la Iglesia, por ejemplo en lo que se refiere a la presencia de la mujer en la vida religiosa. Prueba de ese espíritu amplio son algunos de sus libros –publicados bajo el seudónimo Juan del Rey– como “Aliciente a la mujer política del tercer milenio”.
Además de varios textos sobre teología y una gramática del inglés y del italiano también ha publicado el texto de ficción “La chula natural / Novela picaresca en honor a la picardía cordobesa”.
La placidez de Uribelarrea dista mucho del paisaje agreste y guerrero que Flores dejó atrás en Sudán, aunque presume que la nueva experiencia tendrá ciertas dificultades propias. En primer lugar se vio sorprendido por la escasa o nula cantidad de gente que acude a misa.
“Mi proyecto es caminar la calle, visitar a las familias, juntarme con todos los grupos. Todas aquellas personas que tengan alguna dificultad, algún problema espiritual, pueden contar conmigo. Creo que la experiencia de Africa me ha dado las herramientas para conocer el interior de las personas. Creo que puedo ayudar mucho”.
El deporte es otra de las estrategias que desplegará para acercar a la gente, especialmente a los jóvenes. Con ese objetivo el 8 de diciembre organizará una maratón desde la entrada de Uribelarrea hasta la Plaza Centenario.
Nació hace 42 años en el paraje de Media Agua, provincia de San Juan.
Su padre falleció cuando Juan Carlos tenía 14 años. Sus hermanos lo incentivaron luego a estudiar en Mendoza donde, fruto de la casualidad (un compañero lo invitó a un retiro espiritual) conoció su vocación. Aunque Juan Carlos prefiere hablar de predestinación y no de descubrimiento.
“Hasta ese momento nunca había pisado una iglesia. No conocía la diferencia entre un cura y el papa. Yo no descubrí nada. Dios hizo todo y me fue guiando”, relata desde la austera casa parroquial de Uribelarrea, donde vive desde el pasado fin de semana.
Al terminar el secundario entró al seminario de la Congregación del Verbo Encarnado. Se ordenó en 1996 e inmediatamente fue enviado como sacerdote a San Pablo, Brasil.
Su vida cambió vertiginosamente. Cuenta que de vivir en la ruralidad, rodeado de cabras, de pronto se vio en un avión y sumergido en una metrópolis. Desde Brasil partió a Nueva York y luego a California. Allí aprendió inglés como escala previa al destino que lo marcó para toda la vida: el sur de Sudán.
En 1997 llegó a la comarca de Boma, una zona abandonada por la civilización y cruzada por guerras tribales y políticas entre el norte islámico y el sur animista. La última presencia religiosa había sido la de los anglicanos.
“Es impagable lo que Africa me ha dado para el crecimiento humano. Cuando llegué tenía que comer de espaldas porque detrás tenía personas que se morían de hambre y no se podía hacer nada por ellos. Todos los días tenía que enterrar algún cadáver descompuesto, abandonado como un animal, o hablar con mujeres durante horas para relajarlas y ayudarlas en el parto”.
Flores reconoce que su misión pastoral no rindió frutos significativos. “La prioridad era darle comida a la gente. Materialmente logramos muchas cosas, como construir un puente, levantar una escuela y una clínica, gracias al aporte de Caritas Switzerland, el centro Pedro Claver y el Catholic Relief Service, una institución humanitaria que conforman los obispos norteamericanos”.
Tras ocho años de asistencia en Boma, la misión africana fue suspendida a raíz de un incidente que casi costó la vida del joven sacerdote sanjuanino.
Flores relata que una noche fue atacado a tiros por mercenarios islámicos que no estaban de acuerdo con la presencia de los católicos en la región.
Logró salvarse por milagro, aunque fue herido en una pierna. Su camino pastoral continuó brevemente en Kenia y luego en la Universidad Angelicum de Roma, donde se especializó en espiritualidad.
Flores se muestra a favor de una mayor apertura de la Iglesia, por ejemplo en lo que se refiere a la presencia de la mujer en la vida religiosa. Prueba de ese espíritu amplio son algunos de sus libros –publicados bajo el seudónimo Juan del Rey– como “Aliciente a la mujer política del tercer milenio”.
Además de varios textos sobre teología y una gramática del inglés y del italiano también ha publicado el texto de ficción “La chula natural / Novela picaresca en honor a la picardía cordobesa”.
La placidez de Uribelarrea dista mucho del paisaje agreste y guerrero que Flores dejó atrás en Sudán, aunque presume que la nueva experiencia tendrá ciertas dificultades propias. En primer lugar se vio sorprendido por la escasa o nula cantidad de gente que acude a misa.
“Mi proyecto es caminar la calle, visitar a las familias, juntarme con todos los grupos. Todas aquellas personas que tengan alguna dificultad, algún problema espiritual, pueden contar conmigo. Creo que la experiencia de Africa me ha dado las herramientas para conocer el interior de las personas. Creo que puedo ayudar mucho”.
El deporte es otra de las estrategias que desplegará para acercar a la gente, especialmente a los jóvenes. Con ese objetivo el 8 de diciembre organizará una maratón desde la entrada de Uribelarrea hasta la Plaza Centenario.
© El Ciudadano Cañuelense
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