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Cañuelas, 16 de diciembre de 2017    N° de Edición On Line: 2402

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Luis Mario y su regreso a las Islas Malvinas

El sábado 11 el veteranode Guerra volvió a pisar el archipiélago luego de 35 años. Un equipo de El Ciudadano lo acompaña para registrar esta experiencia única. Galería de fotos.
Luis Mario con la bandera cañuelense junto a los restos de una trinchera argentina.

BulletLuis Mario con la bandera cañuelense junto a los restos de una trinchera argentina.

18.03.2017, 14:10:03 | Sociales

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(De nuestros enviados especiales). Para llegar a las islas hay que armarse de paciencia. Primero volar a Río Gallegos por Aerolíneas Argentinas y luego transbordar a otra internacional. El vuelo a Malvinas demora una hora y media desde Santa Cruz. También se puede llegar por medio de distintos cruceros que hacen escala en Buenos Aires o Montevideo y se dirigen a Ushuaia, a la Antártida, el sur de Chile y las Georgias. Sin embargo Puerto Argentino (Port Stanley) es apenas una escala más sujeta a las condiciones meteorológicas y donde estadía es apenas de unas horas.
 
En nuestro caso, en el vuelo LA993 de LAN Airlines, la gran mayoría de los pasajeros son extranjeros, y entre los argentinos se distinguen los veteranos. En el mismo viaje del cañuelense Luis Mario participa una comisión de argentinos militantes de los Derechos Humanos, entre ellos el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel y la Madre de Plazo de Mayo Nora Cortiñas. 
 
Mario lleva una imagen de Nuestra Señora del Carmen, que salió bendecida de Cañuelas para ser depositada en un lugar “especial” de estas recónditas tierras. 
 
A la expectativa del viaje, un instante sobra para divisar la silueta de las islas recortando el océano. Aterrizamos en una base área militar, Mount Pleassant. Impresionan el verde militar, las instalaciones gigantescas y la formación del personal inglés. El Boeing, con capacidad para 174 para pasajeros, queda insignificante al lado de un avión militar estacionado en el mismo sector. El cielo nublado y gris plomizo, junto al personal uniformado, de mirada pétrea, alimentan un ambiente cercano a la claustrofobia.
 
Con directivas muy precisas y la prohibición de tomar fotografías, hay que esperar para retirar el equipaje de una pequeña cinta de un aeropuerto que recibe tres vuelos por semana. Un perro Golden Terrier pisotea las valijas tratando de hallar drogas entre los viajeros que hablan en distintas lenguas.
 
Con unos 3200 habitantes en las islas, la activad es muy tranquila. A poco de cumplirse 35 años de la guerra, la mayoría de los islanders (kelpers) viven del comercio, las ovejas, la pesca y el turismo, además del Estado, que percibe jugosas sumas de dinero por la venta de permisos de pesca. Todo parece muy pintoresco, de una vida apacible. Quienes visitaron Ushuaia ven similitudes con estos sitios. 
 
El veterano de Cañuelas sube con la comitiva en una camioneta, donde hay otros veteranos, que en su mayoría conoce. Viajan también una pareja de novios recién casados de Buenos Aires a celebrar su luna de miel en Malvinas; un joven docente de educación especial de Lanús que correrá una maratón en las islas; y un productor de televisión. Somos llevados por un joven isleño, argentino, hijo de un mendocino y una inglesa, que empieza a ser una suerte de guía turístico mientras explica el recorrido en un español perfecto y con música electrónica de una radio.
Hay que viajar unos 70 kilómetros y el paisaje es desolado. Tierras onduladas y quemadas por el viento, con una continuidad de pastos aplastados y amarillentos. Aparecen las ovejas y las piedras grises y afiladas, más conocidas en el lugar como ríos de piedras, dueñas de los campos. Los montes apenas se elevan sobre el horizonte.
 
Surgen molinos de viento –seis– que proveen el 70% de la energía que consumen los ‘islanders’ en una ruta que parece que nos lleva al fin del mundo. 
 
Son muchas las preguntas que va respondiendo el joven chofer y nadie se quiere perder nada, por lo que celulares y cámaras de fotos ocupan las ventanillas. ¿Cuándo llegamos a Stanley? pregunta uno. La capital de esta colonia británica parece que no llega nunca. El viaje es lento. “Acá la velocidad se respeta” apunta nuestro joven chofer cuyo vehículo es apenas sobrepasado por siete rodados en todo el recorrido, con una parte en asfalto y luego en ripio. Las ovejas asoman torpes y cercanas al camino, que en muchos tramos se presenta con guardaganado, justamente por estos animales incorporados al paisaje como nuestras vacas a la llanura. 
 
Comenzamos a bajar una lomada y llegamos a Stanley, a 1 Hebbe St. y Ross, nuestra morada. Es una casa blanca y verde, rodeada de un cerco de madera blanco con plantas. Las vistas son a la costanera y al pueblo.
 
En la página 3 del semanario Penguin News del 10 de marzo, en la parte superior de la pequeña hoja –tamaño A4- se da la noticia de la llegada de una delegación de 14 argentinos de la Comisión Provincial de la Memoria con el objetivo de visitar lugares de la Guerra y efectuar un homenaje a los caídos de nuestro país. Al mismo tiempo se espera a otros corredores compatriotas que competirán en Stanley Harbour, “por la paz”.
 
En la sala comedor de la casa de familia donde nos alojamos con Luis es ubicada en una mesa la Virgen que trasladó el cañuelense. Al día siguiente había que llevarla a la única iglesia católica de las islas, la St. Mary's Church (ver nota aparte).
 
Adonde uno se desplace en la pequeña Stanley el frío cala con el poder de un témpano. A eso se suma una llovizna, que se descarga en cualquier momento. Y el viento, filoso y áspero. Luis dice que exageramos con la campera de nieve, los guantes y capuchas. 
 
La primera salida con el grupo de veteranos es en dos camionetas 4 x 4 con destino a Cape Pembroke, donde se levanta un imponente faro de 1854 que dejó de operar cuando estalló la guerra en abril de 1982. Y cerca de ahí visitamos el primer monumento de guerra que recuerda el ataque al buque inglés HMS Glamorgan. Coronas y mensajes son aplastados por pequeñas piedras contra el viento, que colaboran en resguardar la memoria de la guerra. Los veteranos se yerguen ante el monumento. Luego el grupo se dirige al viejo aeropuerto, el mismo que usaron los Hércules y Pucará durante la guerra. La pista casi no se distingue (hoy se utiliza como aeropuerto de pequeñas naves). Es una cinta asfáltica no convencional que asoma tímidamente entre el pasto descolorido. Un par de hangares, dos depósitos, un colectivo de pasajeros desvencijado y mangas amarillas conforman la base que se usa rara vez. Durante el conflicto los aviones Hércules llevaban uniformados y todo tipo de mercadería. Era uno de los destinos que tuvo Luis y varios de sus camaradas de este viaje. 
 
Sintiendo el frío y el viento que amenaza con cortar la piel, el grupo de veteranos se adentra en el campo tratando de hallar las ‘posiciones’ que les asignaron cuando tenían menos de 21 años. Entre dubitativas idas y vueltas aparecieron cables semienterrados. Eran los que se utilizaban para las comunicaciones de las tropas argentinas. También se encontraron trozos de ‘poncho de carpa’, una tela camuflada que se quiebra con facilidad. Con esos descubrimiento se confirma que estamos frente una ‘posición’ que tuvieron nuestros soldados. 
 
La próxima parada es un ‘puesto de observación’ que tenía como función resguardar el aeropuerto. Con estas últimas vistas y la luna apareciendo en el horizonte finaliza el primer día de estadía en Malvinas. 
Luis renace al día siguiente yendo a su “puesto” –así menciona al lugar que ocupó durante la guerra-. Cerca del Hospital reconoce el predio donde jugaban al fútbol, antes de que comenzaran los ataques, claro está. En la actualidad se encuentran dos arcos y un campo prolijo pero sin señalar como campo de juego: es claramente un helipuerto sobre la bahía. Cuando llegamos se acercan una autobomba y una ambulancia. Están cumpliendo con el protocolo de un descenso. Llega un soberbio helicóptero sanitario que traslada un paciente. Cruzan la calle y llegan al hospital. En la guerra funcionaba también allí un centro de salud, pero ya nada de eso se conserva. Calle por medio Luis con su amigo y camarada Rubén Iglesias, también parte de la comitiva, se encuentran con un pequeño galpón. Se mantiene su portón de dos hojas de madera con herrajes oxidados. Allí había tanques de combustible para un helicóptero argentino. A una distancia de media cuadra y en medio de un prolijo jardín con arboleda se asoma la residencia del gobernador de las Falklands. De repente llega el helicóptero. Ese lugar y ese sonido en particular no hizo más que retroceder sus mentes 35 años quebrándose en llantos y fundiéndose en un abrazo. 
 
La ansiedad es contenida por todo el pequeño grupo de ex combatientes. Ya sobre la tarde otra vez el clima es desafiante. Tras un mediano viaje se recorren estancias rurales donde se esquilan ovejas y el grupo va en busca del punto donde estuvieron apostados los soldados argentinos. Los lugares cambiaron, y las personas también. De repente aparecen algunos signos en la inmensidad. Alguien exhibe su celular con la aplicación de un mapa y empiezan a acercarse al supuesto puesto. Allá vamos. 
En medio de la nada, sobre unos acantilados, se levantan cruces y puntas. Son monumentos de ingleses. Los veteranos se acercan con sus cámaras de fotos y registran. Se forman y vuelven a cubrirse las cabezas con capuchas. Llueve por centésima vez y todo parece habitado por fantasmas, con un aire helado y solitario. Así es Fitz Roy, pero también Bahía Agradable. Entre tantas caminatas hay agujeros por doquier. Nos dicen que son ‘pepas’. Quieren decirnos que son bombas. Están inundadas y rodeadas de pastos. 
 
Además de estos agujeros en la tierra nos topamos con piedras apiladas en círculo, con chatarra oxidada. Es otra posición argentina. Y al observar con detenimiento los ex soldados levantan pedacitos de metal oxidados. Son esquirlas de bombas. “Acá no existen los días”, me dice uno de los ex combatientes y Luis señala los lugares donde estaban todas las demás posiciones. Aún falta mucho por recorrer.
 
Textos, Leandro Barni
Fotos, Gabriel Iturralde
 

© El Ciudadano Cañuelense

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