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El cruce de los Andes, como hace 199 años

Comerciantes y profesionales cañuelenses concretaron la travesía con mulas y a caballo, en condiciones similares a las del Gral. San Martín con el Ejército de los Andes.
José Luis Lasa, conmovido por la inmensidad del paisaje.

BulletJosé Luis Lasa, conmovido por la inmensidad del paisaje.

04.08.2016, 23:08:43 | Sociales

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Los días de marcha a lomo de mula, matizados por reseñas históricas y con el objetivo de acercarse un poco al espíritu de San Martín, fue seguida por cuatros cañuelenses que participaron del cruce de los Andes.

Así lo cuentan Sergio Iñiguez, José Luis Lasa, José Gil y Gustavo Mazzini, los vecinos cañuelenses que emprendieron el cruce de los Andes emulando la gesta sanmartiniana, del lado argentino. Hicieron el paso ‘Valle Hermoso’ por el valle de Los Patos.

“Llegamos al punto límite con Chile y coincidimos en la subida de valle de Los Patos con el cruce organizado por el gobierno de San Juan y los festejos por el 199ºAniversario de esa gesta. Allí había un contingente de periodistas con funcionarios de la gobernación y de Nación, además de representantes de Chile”, contó Gustavo Massini, un vecino dedicado a las tecnologías en una empresa multinacional de telecomunicaciones.

Se trataron de diez días entre la subida y el descenso, en un viaje que contó con la asistencia y organización de una agencia de viajes.

Los expedicionarios montaron caballos y con las mulas llevaron los equipos. Se trató de un total de 12 jinetes, que lo conformaron con cinco arrieros y un guía. Además, se valieron de 32 animales, entre equinos y mulas.

Gustavo contó que “tuvimos objetivos personales. Uno lo hace por cuestiones personales, pensamientos y en un medio natural muy especial, entre la mente de uno y la naturaleza. Se cruzan muchas cosas por la mente. Ya había sido una experiencia muy linda y quisimos repetirla, además con el mismo grupo que resultó excelente para esta proeza”.

Los cañuelenses salieron de San Juan y, aclaró  Mazzini, que “en las montañas no se hablan de kilómetros sino se cuentan las horas. Hicimos dos cruces de 5300 kilómetros sobre el nivel del mar”.  Y dijo que las condiciones del tiempo resultaron agradables, “sin tormentas ni contratiempos”.

Para participar llevaron las ropas mínimas y especiales para soportar el frío, las que son cargadas en el caballo en alforjas junto a otros objetos personales. Y lo que no alcanza a guardarse lo lleva la mula en un bolso como equipo de primeros auxilios. También un teléfono satelital. En estos animales además van las comidas, carpas y bártulos necesarios para una campaña de diez días.

“Es recomendable prepararse un poco, sobre todo para el andar a caballo. Son cinco a ocho horas de cabalgata por día y las piernas se exigen. Otro problema es la altura si uno no está en condiciones regulares de salud”, explicó.

“La experiencia es intensa, los paisajes cambian a cada instante, los colores, la fauna; y esta ocasión de ir por San Juan fue mucha más bonita”, comentó y al mismo tiempo reconoció que “se viaja por algunos tramos con pendientes muy complicadas y muy cerca del precipicio, pero aún así hace un desafío maravilloso, que ni las fotos lo reproducen”.

Durante la expedición, dijo el cañuelense, ‘‘durmieron en ‘camas gauchas’ y en carpas. Además se comparten las cosas, atraviesan senderos, hacen fogones, soportan fríos y polvaredas. Pero todo en el mismo terreno por el que pasó el Ejército de los Andes’’.

Otro que cabalgó por la cordillera y en fila india fue José Gil, quien con sus compañeros emularon en algo a una de las seis columnas sanmartinianas que salieron de las provincias argentinas –cuando todavía no eran ni provincias ni argentinas– hacia Chile para terminar con una posible reacción realista.

Hace dos años hicieron otra excursión por otro de los cruces, el de Uspallata. Gil se emocionó al realizar la gesta y más por su condición de mendoncino. Esta nueva experiencia dijo que surgió durante una reunión en su casa con amigos, algunos de los cuales formaron parte de esta salida. “Una cosa es andar a caballo en el campo de Cañuelas y otra a 5.000 metros de altura. Mezclarse con otra naturaleza y donde uno avanza escuchando el silencio, es impactante. En otros tramos se te cruza el viento zonda, que es fuerte y se suma a todo el camino que es maravilloso. A la noche parece que podés tocar las estrellas con las manos”.

Sobre el paisaje también destacó que hay una gama de tonos y colores, además de visiones únicas de montañas congeladas y glaciares a 3.000 metros. “Para preparar el asador teníamos que sacar raíces entre las piedras y de esa manera logramos el fuego”, explicó, y comentó que no hay arboleda: “En invierno todo es blanco y nieve, además por las alturas y el zonda”. Y otra cosa particular fue el avistaje de cóndores. “Vimos sobrevolar a 17. Resulta que a pesar de esa altura había vacas, alguna de ellas estaría herida o un ternero así que se iban a acercar a uno de ellos. Pero no pudimos seguirlos ya que estábamos en una montaña con una pendiente de mil metros para abajo”, destacó.

Y a la aridez extrema del entorno, agregó que “las  huellas del camino las íbamos haciendo a medida del avance, ya que siempre hay nevada o vientos fuertes o un zonda que te borra la huella y es todo piedra sobre piedra”.

“Haber hecho el cruce en mulas y caballos, durmiendo a la intemperie en ‘camas gauchas’, usando el agua del deshielo de los ríos, en campamentos naturales como las rocas, comiendo ‘charqui’ (carne deshidradata y expuesta al sol) es impagable”.

© El Ciudadano Cañuelense

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