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A 50 años de la muerte del maestro Carlos Vega

El gran musicólogo argentino, nacido en Cañuelas, murió el 10 de febrero de 1966. Su obra recordada en un artículo publicado por Atahualpa Yupanqui.
Carlos Vega en sus viajes por el interior del país.

BulletCarlos Vega en sus viajes por el interior del país.

22.02.2016, 11:09:11 | Sociales

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El 10 de febrero de 1966, a causa de un cáncer de piel, fallecía en su departamento de Buenos Aires el musicólogo Carlos Vega, reconocido a nivel mundial por su aporte en la investigación del folklore. Había nacido en Cañuelas el 14 de abril de 1898.

Siendo muy joven abandonó su ciudad natal para continuar sus estudios en Buenos Aires.  Para sus vecinos era “el loco Vega”, un guitarrero, hombre bohemio y amante del arte, del que se burlaban cuando se paraba sobre el banco de la plaza para recitar sus poemas.

La revista  Blanco y Colorado registra un dato poco conocido: en 1916, con 18 años, fue arquero del Cañuelas Fútbol Club, en el segundo equipo que tuvo la institución en su etapa amateur. En 1927, el mismo año en que se alejó definitivamente de Cañuelas, fundó en Cañuelas la Biblioteca Popular Domingo Faustino Sarmiento, de la que primer director.

Desde muy temprana edad tuvo dos vocaciones: la poesía y la música, aunque optó por esta última. Sus actividades en ese ámbito se iniciaron en febrero de 1927, cuando fue nombrado adscripto ad honorem en el Museo Argentino de Ciencias Naturales "Bernardino Rivadavia.

A instancias de Vega, en 1931 se creó allí el Gabinete de Musicología Indígena, y en ese mismo año realizó su primer viaje de investigación a la provincia de Jujuy.

En el curso de su vida Vega realizó más de 30 viajes por el interior de Argentina y otros países latinoamericanos como Chile, Perú, Bolivia y Paraguay con la finalidad de estudiar a fondo las características de la música autóctona, sus ritmos e instrumentos.

Con los documentos obtenidos por él se inició un archivo sonoro y fotográfico y una colección de instrumentos musicales que se conserva ene l Instituto Nacional de Musicología que lleva su nombre.
En 1944 el Gabinete creado por Vega se constituyó en el Instituto de Musicología Nativa (decreto del presidente Farrel Nº32456/44). En 1948 se separó del Museo con el nombre de Instituto de Musicología (Decreto del presidente Perón 20.082/48), dirigido por su fundador.

Es autor de los ensayos "La música de un códice colonial del siglo XVI" (1931), "Bailes tradicionales argentinos", "Danzas y canciones argentinas" (1936), "Canciones y danzas criollas" (1941), "La música popular Argentina" (1944), "Panorama de la música popular argentina" (1944), "Música sudamericana" (1946), "Los instrumentos musicales aborígenes y criollos de Argentina" (1946), "El Himno Nacional Argentino" (1960), "El canto de los trovadores en una historia integral de la música" (1963) y "Las canciones folklóricas argentinas" (1963) entre otras.

En 1973, como homenaje al distinguido investigador, el Secretario de Cultura Dr. Arturo López Peña, por Resolución 75/73, le asignó su nombre al Instituto Nacional de Musicología.

En el año 2001 se realizó en Cañuelas el primer encuentro de la Tradición Bonaerense “Carlos Vega”, en homenaje al ilustre musicólogo. El evento, desarrollado con intermitencias a lo largo de una década, sirvió para nuclear en Cañuelas lo mejor del canto surero y otras expresiones folklóricas de menor masividad pero de gran importancia en el acervo criollo.



Réquiem para el maestro Carlos Vega

Algunos lapiceros de acerada pluma. Viejos tinteros secos. Kilos de papel de música. Pautas borroneadas, corregidas, plenas de indicaciones. Cartillas con nombres, fechas, lugares, comarcas. Boletas de hoteles, de fondas, facturas de ferrocarriles. Fotografías de viejos vidaleros, algunos, ciegos. Magras ancianas del noroeste, fotografiadas con las manos sobre las faldas. Manos nudosas, cansadas del hacer. Manos para la zafra, para la arcilla, para el desgrane del cereal, para la junta de la algarroba. Manos dagueltadoras del arrope, manos deshilachadoras del charqui.

Ahí están, junto al mozo que anota, y graba, y atiende, y clasifica antiguas melodías, viejos ritmos del Ande, de las selvas, de las hondas quebradas, de los altos valles.

Mozo atildado, fino, serio como un profesor cargado de conciencia. Cordial como un argentino feliz de su hacer. Advertido y perspicaz como un criollo “hecho a campo”. Seguro de su aprendizaje. Sereno en su saber. Consciente en su mensaje. Responsable, cabalmente responsable en el manejo de los documentos musicales que le confiaban las gentes del ayer folklórico.

Así lo hemos visto a usted, Carlos Vega, toda la vida, y en todas partes.

Lo vocacional siempre resuelve en el oficio cuando la verdad empuja desde las claras fuerzas del espíritu.

El Maestro fue entonces un investigador con un cargo concreto: recoger, clasificar, determinar etapas, épocas, influencias vecinas, sudamericanas o europeas, determinismo afro, asirio, oriental, en la temática diversa del folklore nacional.

Los documentos, entonces, comenzaron a sumarse por miles. Y los desvelos, por años.
Sin lucimiento, sin consagraciones, sin aplausos inmediatos, sin homenajes ni promociones, sin trascender casi al gran público, aún al dilettanti de temas etnológicos, folklóricos y tradicionalistas, el Maestro siguió su misión investigadora de formas usuales, pretéritas, mágicas, arqueológicas.
Caminó los senderos de la geografía áspera de la patria, sin hacer crónica de ella. Solo, oyendo, anotando, estudiando, comparando melodías del pueblo, acumulando temas, desbrozando orígenes. Compartió inquietudes con otros estudiosos de Europa y Asia despertando en ellos respeto y preferencial trato de cordialidad científica. Formó seminarios, acercó a la juventud universitaria orientada hacia su especialidad. Música, música. Música siempre, sin ensayo literario ni filosófico, ni dogmático ni artístico teatral. Sin discos ni conciertos.

Sin claques ni demagogias que subalternizan y envilecen toda noble misión. Música para anotar, para estudiar, para saber, para alcanzar una conciencia de lo que cantó el país antes, dónde, cómo y por qué.

Así lo hemos visto a usted, Carlos Vega. Toda la vida y en todas partes.

Arthur Ramos, Adolfo Salazar, el doctor en musicología húngara Zsabolshi Bence, el viejo maestro de Bela Bartok, don Zoltán Kódaly, todos los expertos rastreadores de pentatónicas y tritónicas desde la Transilvania, el Cáucaso, el Tibet, Servia antigua y Grinaud, desde los archivos de los documentos medievales de Francia, conocían, estimaban y valoraban en alto grado la labor de ese mozo nuestro, tenaz y consciente, desbrozador de la selva musical del pueblo argentino, buscador de los trasplantes, desfiguraciones, adaptaciones, creaciones originales, modalidades y formas preferidas por la grey que durante décadas cantó libremente sus historias de amor y de pasión, de agro y camino, de soledad y gracia, de fiesta religiosa o desenfreno bucólico.

Cerca de dos docenas de libros, infinidad de folletos, publicaciones de la prensa importante del país y del extranjero, conferencias, clases ejemplares y, sobre todo, viajes con un solo objetivo: desentrañar, indagar sin ningún pensamiento ajeno a la misión, sin tiempo para la vida social, ni para los banquetes, ni para distraer las horas quemando la importancia de vivir.

Así lo hemos visto a usted, Carlos Vega. Toda la vida, y en todas partes.

Discutido por los inteligentuales de su propio país, nuestro país. Satirizado por los científicos de revistitas de cultura para asimilar en el tranvía, ignorado por la inmensa grey de cantores y “folkloristas” de radiotelefonía, peñas y tablados. No leído ni consultado por los profesores de la “especialidad” que pululan en torno a la buena nombradía y la fama de barrio. Negado por los doctorcitos de “las cosas nuestras”. ¿Para qué abundar en las pequeñeces que siempre contornean la buena casa, como las espinas, las matas y los yuyos?

En “Horizontes de luz”, de Fernández Ríos, hallamos esta definición: “Para escuchar las burlas del gusano no detienen las águilas su vuelo”.

Así lo hemos visto a usted, Carlos Vega. Toda la vida, y en todas partes.

Se le hizo la noche en un febrero luminoso.
Cuidó su salud hasta donde puede cuidarla un hombre que tiene mucho que hacer, mucho que dejar, mucho que decir a la cultura argentina. Alguna medianoche nos llegaba su presencia cordialísima hasta los camarines de los teatros. Y con autoridad y serena bondad nos anotaba los puntos de algún asunto criollo desarrollado momentos antes en el escenario.

Muchas veces molestamos al Maestro para recabar un dato, una fecha, el giro de una danza, la autenticidad de un estribillo registrado como anónimo. Y siempre tuvimos más de lo que solicitamos.
Hace veintisiete años lo hallamos en Santiago de Chile, en casa de Amanda Labarca. Venía el Maestro del sur chileno, de Temuco, Chillán, Valdivia, Concepción, Talca. Había estudiado sobre la “trutruca”, el “cultrúmn”, y luego caminaría al Norte de Chile para hurgar en conventos, archivos y alcaldías acerca de “La Tirana”, “La Refalosa” y “La Remesura”.

Lo hallamos, allá por el cuarenta y dos, en Purmamarca, la aldea encendida y callada de esa nodriza histórica que se llama Quebrada de Humahuaca. Comimos charquisillo, papas encamisadas, mote de habas, y bebimos algo del escaso viñedo de Monte Rico, ya desaparecido a la sombra de los nogales de Palpalá.

Sobre la mesa de madera de cardón, el viejo grabador, y papeles pautados. Música.
Música siempre.

En Tucumán se produjo el encuentro histórico del Maestro con Alfred Metraux, el joven sabio francés, doctor en ciencias etnológicas. Fueron dos noches memorables durante las cuales aprendimos con emoción mientras ellos conversaban temas al parecer ya sin discusión, pero en el que cabía el sentido de universalidad de las comarcas. Alfredo Coviello, Pablo Rojas Paz, el doctor Soler y el que escribe estas líneas, nos sumergimos en un mundo de música y costumbres de tipo indígena, mestizo, criollo. Eurindia, como gustaba decir a Gustavo Rojas, estaba presente, en el misterio poco a poco develado por esta gente consagrada a descubrir la luz para guiar a los pueblos a través de la selva confusa de los orígenes de las culturas sudamericanas.

Así lo hemos visto a usted, Carlos Vega. Toda la vida, y en todas partes.

Nos queda su obra, Maestro Carlos Vega. Su invalorable aporte a la cultura de nuestro pueblo.
Nos ha dejado usted una arroba de documentos. Auténticamente, cabalmente, documentos. Formas. Ritmos. Melodías. Estribillos. Hallazgos originales. Modalidades que diferencian la comarcanidad en la música anónima.

Todo lo que se pueda discutir, o pretender agregar, o cambiar, han de ser meras interpretaciones, juegos literarios, gustos estéticos, ensayos para “alguna proyección”, como se estila decir en estos días, para darle importancia a una deformación de lo tradicional, que consagre como talentosos a encontradores de “un nuevo folklore”.

Ahora que ya no lo veremos aparecer de tarde en tarde, cordial y sereno, como un maduro joven cargado de consciencia, quiero agradecerle, como argentino, su obra, su desvelo, su claridad, su ejemplo.
No olvidaré algunas frases suyas. Por ejemplo: “La brillantez es sólo el resultado del oficio. Lo verdadero es la esencia. Y la esencia no brilla, pero está, porque ella es la verdad”. “La mayoría canta para el disco. No canta para la tradición”.

Sé muy bien que estas frases suyas no contienen sino un mínimo aspecto de su grandeza, de su ciencia, de su saber. Pero déjeme al menos que, como criollo, prefiera a veces un pensamiento para definir a un hombre.

Desde el más claro rincón de mis anhelos rindo mis tolderías en homenaje a su obra y me inclino reverente ante su silencio, Maestro Carlos Vega.

Atahualpa Yupanqui.
Cerro Colorado, Córdoba, 1966.
Publicado en la revista Folklore Argentino, 1966.

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