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Gustavo Artaux, el hombre que fundó la histórica fábrica FINACO

Nacido en Francia y especializado en deshidratación de alimentos, creó un emporio industrial con epicentro en Cañuelas. El peronismo expropió la planta que hoy se encuentra abandonada. Sus nietos cuentan su historia.
Artaux y su planta de Cañuelas, hoy conocida como "El Castillo". Foto archivo El Ciudadano.

BulletArtaux y su planta de Cañuelas, hoy conocida como "El Castillo". Foto archivo El Ciudadano.

20.02.2015, 00:31:38 | Sociales

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Todas las luces apuntan hacia Vicente Lorenzo Casares y La Martona, la primera empresa láctea del país, pero la historia se ha olvidado de Gustavo Eugenio Artaux, el francés que a principios del siglo XX creó la FINACO S. A. Comercial e Industrial, una firma alimenticia que tuvo su centro de operaciones en el monumental edificio situado en el cruce de las rutas 3 y 205.

La planta de Cañuelas comenzó a operar en 1932 dedicada, especialmente, a la elaboración de leche en polvo. Posteriormente se construyó otra sede más grande en Trenque Lauquen, principal cuenca lechera del oeste bonaerense.

El diccionario de biografías contemporáneas “Quién es quién en la Argentina” (Editorial Kraft, 1965, sexta edición) aporta precisos datos sobre este emprendedor nacido en Chassey-lès-Montbozon, cerca del límite con Suiza, el 30 de diciembre de 1888. Además de presidir FINACO S. A., fue director del Banco Francés del Río de la Plata desde 1929 y vicepresidente del mismo desde 1947; miembro del directorio de la compañía de seguros El Cóndor desde 1925 y vicepresidente desde 1951; vicepresidente de Saint Freres (1927-1932); miembro del directorio de Safirp Financiera Inmobiliaria (1932-1939) presidente de la Unión de Fabricantes de Bolsas (1924-1934); presidente del Mercado de Yute y Algodón (1927-1934) y titular de la Cámara de Comercio Francesa. Fue presidente de la Unión de Combatientes, del Club Francés y directivo del club de regatas L´Aviron de Tigre. Fue declarado Caballero de la Legión de Honor y Caballero del Mérito Agrícola.

Casado con Yeannette Epaillard, tuvo un hijo, Gustavo, y tres nietos: Susana, Luis Roberto y Gustavo Enrique. Este último, un ingeniero agrónomo radicado en la ciudad de Vedia, le contó a El Ciudadano algunos detalles de la fascinante vida de su abuelo y los motivos que lo impulsaron a instalarse en la Argentina.

Justino, el padre de Artaux, era herrero en Rouen, la comarca donde fue juzgada y quemada Juana de Arco. Allí tenía un campo de 14 hectáreas y 14 vacas. “Su padre, que por su condición de herrero tenía una buena posición social, quería que fuera bancario y por lo tanto lo mandó a estudiar en la Escuela de Comercio de Francia. Pero a mi abuelo no le interesaba trabajar como empleado de banco y entonces se escapó a Inglaterra, a la casa de un tío. Fue él quien le propuso viajar a la Argentina para dirigir la parte comercial de Saint Freres. Después comenzó a trabajar mucho en la importación de yute. Y paradójicamente murió siendo vicepresidente de un banco, mucho más de lo que había aspirado su padre”.

Artaux llegó en la primera década del siglo XX y siguiendo la recomendación de su tío, asumió la contabilidad de la textil Saint Freres. Entre 1914 y 1918 volvió a Europa para combatir en la primera Guerra Mundial y a su regreso a la Argentina se abocó al desarrollo de FINACO y luego FINADIET, un laboratorio de productos medicinales.

ALIMENTOS PARA EL MUNDO

A partir de 1932 FINACO –el primer edificio de Cañuelas equipado con ascensor– se especializó en la producción de leche en polvo y dulce de leche de marca “Cheroga” pero también elaboró caramelos, mate cocido y cacao en polvo que se comercializaba bajo la marca “Yumil”. Durante la segunda guerra mundial (1939-1945) se construyó un edificio anexo donde se hacía polvo de huevo para exportar a Europa.

María Rizzi fue empleada de la empresa entre 1946 y 1949. En diálogo con El Ciudadano contó que sólo en el sector de lácteos había unos 80 empleados varones y unas 25 mujeres, entre ellas Ubalda Clemente, Delia García y María Carricaburo. Cumplían el turno de 8 a 12 y de 14 a 18.40.

El italiano “Constante” era quien llevaba las viandas al mediodía para los que comían en la fábrica. Las mujeres solían volver a sus casas en los micros de la empresa “El Coloso” de Zolano Parra, que hacía el recorrido desde la estación de trenes hacia la planta industrial en coincidencia con los horarios de ingreso y egreso del personal.

“En una época empezó a haber muchas huelgas y también por momentos faltaba la leche, entonces nos suspendían. Eso a mí no me convenía y por eso me fui a trabajar a la planta de AMAT. Al tiempo la FINACO cerró, pero nunca supimos bien por qué”, explicó María.

“Lo que yo sé es que tuvieron una huelga muy grande del sindicato, de 190 días, fue una cosa terrible, y después de eso se vino la estatización, entre 1951 y 1952. El gobierno pagó muy bien y expropió todo, la planta de Cañuelas y la de Trenque Lauquen”, apuntó Gustavo Enrique.

Años más tarde FINACO fue transferida a IMFASA, una firma que se dedicada a la importación de películas fotográficas. Su titular era Guillermo Woters, un alemán que según la investigación realizada por la llamada “Revolución Libertadora” era testaferro de Alberto Teissaire, el vicepresidente de Perón. En 1956 Woters fue interdictado e impedido de operar debido a los sospechosos permisos de importación que obtuvo durante el gobierno peronista.

En 1961 el presidente Arturo Frondizi levantó la interdicción e IMFASA pudo seguir operando. A partir de ese momento la planta de Cañuelas se utilizó para el fraccionamiento de bobinas que provenían de Adox Photo Werke, en Frankfurt, y se vendían en el mercado nacional baja la marca “Wena”. Tras la muerte de Woters, IMFASA presentó la quiebra en 1964 y algunos creen que el inmueble quedó en poder del empresario Jorge Antonio, el amigo de Perón y de Carlos Saúl Menem. Las instalaciones fueron rematadas entre 1971 y 1973 y finalmente liquidadas por el gobierno de facto.

LOS ÚLTIMOS AÑOS DE ARTAUX

Durante los años de apogeo de FINACO, Artaux construyó la quinta Santa Clara, en el barrio Peluffo, una casa de 17 habitaciones destinada al descanso familiar, pero también el lugar de las “relaciones públicas” donde recibía a empresarios o funcionarios que venían a conocer su fábrica de alimentos. Doña Julia Agnasco, una antigua vecina del barrio Primero de Mayo, fue cocinera durante varias décadas.
Prueba de su interés por Cañuelas, en 1944 Artaux aportó los fondos para la construcción del edificio de la Policía Caminera, aunque la placa que recordaba su donación desapareció en las sucesivas ampliaciones.

Su emporio se extendió a Balcarce, donde adquirió la estancia La Lutecia, y a Serrano, en la provincia de Córdoba, donde también tuvo campos. Tal vez la profusa vegetación del paisaje cordobés lo inspiró a él y su hijo Gustavo a crear FINADIET, un laboratorio de productos medicinales. Fue allí donde se desarrolló el popular Reliveran, cuya fórmula fue después fue vendida al laboratorio Ciba Geigy.

“De chico andaba mucho con mi abuelo. Solíamos ir a Cañuelas y cuando yo tenía 5 años nos mudamos a Trenque Lauquen, donde construyó una planta más grande. Era un hombre muy querido, muy respetado. Recuerdo que me quedaba con él en el Banco Francés. Se acordaba del nombre de todos sus empleados, desde el portero hasta los empleados de más jerarquía, y también sabía cómo se llamaban los hijos y nietos de sus empleados. Tenía un trato muy afectuoso y amable”, describió Gustavo Enrique.

Murió en Buenos Aires en 1966. Su esposa Yeannette había fallecido mucho antes, cuando su único hijo tenía 24 años. Luego de enviudar, Artaux nunca volvió a casarse. Su nieta Susana, radicada en Estados Unidos, lo recuerda con muchísimo afecto: “Lo que puedo decir es que mi abuelo era un señor, un gentleman, esa clase de persona que ya no existe más. Muchas veces me he encontrado con gente que lo conoció o que trabajó con él y sólo me manifestaron palabras lindas acerca de su persona. Siempre ayudaba a todo el mundo, y nosotros, sus únicos nietos, lo adorábamos. Era un verdadero patriarca de la familia”.

“Siempre íbamos a la quinta de la ruta 3 –continuó Susana–. Me acuerdo de los dueños del restaurante La Garza Mora, una hermana y un hermano, muy linda gente. Ibamos los viernes a la noche y nos volvíamos los domingos a la noche a Buenos Aires. Nos encantaba que mi abuelo no dejara volver en su auto y hablar con él de sus experiencias en la vida”.

De uno de esos tantos viajes Susana rememora una anécdota que ahora, a la distancia, parece profética. “El hablaba perfecto inglés. En 1958, cuando yo tenía como 10 años, un día me aconsejó que en lugar de aprender inglés, debería aprender chino mandarín. ´Esa es la lengua que se va a necesitar en unos cuantos años´, me dijo. Y la verdad es que no se equivocó. Sabía que la China se iba a despertar y que se iba a convertir en lo que es ahora en el mundo”.

Hace unos meses se presentaron iniciativas para denominar “Juan Domingo Perón” a la Avenida Del Carmen, en proceso de repavimentación y ensanche. Si bien la propuesta fue rápidamente desechada, sería un acto de justicia que algún sector del nuevo bulevar lleve el nombre de Gustavo Eugenio Artaux, este pionero de la industria argentina, de profundo apego con el partido de Cañuelas.

Germán Hergenrether

© El Ciudadano Cañuelense

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